El hambre de Dios

DISCERNIENDO EL HAMBRE (mensaje radiofónico)

(Amós 8.11–12) «He aquí vienen días, dice Jehová el Señor, en los cuales enviaré hambre a la tierra, no hambre de pan, ni sed de agua, sino de oír la palabra de Jehová. E irán errantes de mar a mar; desde el norte hasta el oriente discurrirán buscando palabra de Jehová, y no la hallarán.»

El hambre se ha tornado en uno de los fenómenos más apremiante, en el desafío más colosal de todos los tiempos.

Puede que a la puerta de nuestra casa no la veamos, pero sin lugar a dudas, existe.

Vemos el hambre de los miles de refugiados de guerra. Los ciclos de hambruna en el África, se cuela en nuestros hogares por medio del televisor, ventana por la que vemos los sucesos y las catástrofes del mundo.

Toda hambre es una catástrofe humanitaria, es una tragedia terrible, los artistas que ganan millones de dólares, prestan su imagen, pero no sus millones, pueden gastar millones de dólares en una fiesta, pero para el hambre solo prestan su imagen para salir unos segundos en un anuncio. Las organizaciones caritativas se tornan en unas multinacionales que devoran millones de dólares en campañas, en logística y en presencia.

Déjeme hablarle de un hambre que nunca saldrá en la televisión, ni en los periódicos, ni por la radio. Es hambre que el mundo arrincona, excluye, desdeña y omite completamente, la sociedad moderna no la reconoce como trascendente, no la atiende como vital, es más, se dedica a denigrarla, a desacreditarla, a tildarla de atraso y hasta denunciarla como fanatismo religioso.

Ahora ¿Qué es el hambre? Primeramente, conozcamos el sentido de la palabra hambre. Procede del latín «fames», y se describe como «un deseo violento provocado por la necesidad, por la escasez, la penuria de víveres (de paso víveres significa «lo que hace vivir, algo que es esencial para la vida».

Se describe como una necesidad urgente de alimento o de un nutriente. También es una sensación desagradable ocasionada por la ausencia de alimento. El hambre tiene efectos físicos y emocionales, afecta el cuerpo y también el alma, cabe recordar que el alma es la que gestiona o responde en lo emocional a todo procesamiento físico.

El hambre también afecta a los sentidos, al ánimo, al equilibrio emocional porque provoca una condición debilitante por la ausencia prolongada de comida, y esto, pasa de una sensación física a una preocupación mental.

Tenemos un refrán que dice «es más listo que el hambre», el hambre es tan poderosa que encuentra recursos imposibles.

La Biblia habla de otro tipo de hambre, «hambre de oír la palabra de Jehová». Como todos podemos entender este texto no se refiere al hambre que se origina en el estómago, sino en el oído. Este tipo de hambre es un despertar del oído para oír la palabra de Dios, es hambre de comunicación de Dios.

Cuando ésta hambre invade el corazón humano, no deja al hombre tranquilo, ni pasivo, ni indiferente, este tipo de hambre lo mueve a buscar con ahínco: citamos al profeta Amós: « E irán errantes de mar a mar; desde el norte hasta el oriente discurrirán buscando palabra de Jehová ». Notemos el énfasis: «irán errantes, discurrirán buscando».

La iglesia ha invertido millones de dólares en clínicas, hospitales, escuelas, todo esto es bueno, no es malo, pero, no es la función principal de la iglesia.

(Marcos 16.15) «Y les dijo: Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura.»

Jesús definió con toda claridad el objetivo y la misión de la iglesia.

El evangelio social está sustituyendo el evangelio de Dios.

Pablo advirtió: «Más si aún nosotros, o un ángel del cielo, os anunciare otro evangelio diferente del que os hemos anunciado, sea anatema.» (Gálatas 1.8)

En Juan 6.32–35 Jesús llamó a la multitud que comió en la multiplicación de los panes y de los peces a buscar el pan que procede de Dios: «Y Jesús les dijo: De cierto, de cierto os digo: No os dio Moisés el pan del cielo, más mi Padre os da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es aquel que descendió del cielo y da vida al mundo. Le dijeron: Señor, danos siempre este pan. Jesús les dijo: Yo soy el pan de vida; el que a mí viene, nunca tendrá hambre; y el que en mí cree, no tendrá sed jamás.»

El resultado de esa confrontación fue desastroso, pero profundamente revelador. Jesús denunció, combatió y mostró el efecto negativo del evangelio social y más aún lo definió «el evangelio del vientre»

«Respondió Jesús y les dijo: De cierto, de cierto os digo que me buscáis, no porque habéis visto las señales, sino porque comisteis el pan y os saciasteis.» (Juan 6.26) Jesús expone que hay quienes son atraídos por los milagros, pero no tienen hambre de Dios, no tienen hambre de la Palabra de Dios.

Pablo advierte acerca de los que siguen el evangelio y la doctrina del vientre (Filipenses 3.18–19) «Porque por ahí andan muchos, de los cuales os dije muchas veces, y aun ahora lo digo llorando, que son enemigos de la cruz de Cristo; el fin de los cuales será perdición, cuyo dios es el vientre, y cuya gloria es su vergüenza; que sólo piensan en lo terrenal.»

Mientras aquella multitud tuvo a su alcance los milagros, las multiplicaciones, lo siguieron con agrado, lo acompañaron fielmente, caminaron en pos de él sin dudar. Pero, cuando Jesús los llamó al evangelio del arrepentimiento de corazón, el evangelio de la conversión, el evangelio del sometimiento a Dios, de la transformación, el evangelio que desata del pecado, que resucita el espíritu, que desaloja el amor al mundo y a las cosas que están en el mundo, ese pan no les gustó, no tenían hambre de ese evangelio y lo abandonaron. “Desde entonces muchos de sus discípulos volvieron atrás, y ya no andaban con él.” (Juan 6.66, RVR60)

No quiero hacer juego de palabras, pero este versículo de Juan 6.66 es el 666 del evangelio de Juan, y señala discípulos aparentes, emocionados, deslumbrados por lo que veían, pero reacios, opuestos, rebeldes al evangelio verdadero.

Creo que hoy en muchos han cambiado el evangelio de Dios, por el evangelio del confeti, de los fuegos artificiales, de lo novedoso, de lo artificioso, del show. La pregunta que debemos plantearnos es ¿Por qué hay un evangelio diferente? La respuesta no puede ser más clara: «no hay hambre de Dios, ni de la Palabra de Dios».

Debemos tener mucho cuidado con exponer y predicar un evangelio emocional, que solo quiere alcanzar las emociones pero no las decisiones. Las emociones cambian fácilmente, las decisiones nos cambian, nos vuelven diferentes. El evangelio ha sido revelado para cambiar al hombre y no sólo a emocionarlo.

  1. El evangelio no es social, es espiritual.
  2. El evangelio trata con el hambre del alma
  3. El Espíritu Santo no vino a llevar a los pecadores a las mesas del Reino sino primeramente a la Cruz del Calvario
  4. El Espíritu Santo, no vino a llenar el vientre sino a convertir el alma
  5. El evangelio tiene que mostrar el pecado desde la perspectiva del Cielo para poder ofrecer la sanidad de la salvación.

El día de Pentecostés, la iglesia en Jerusalén puso mesa delante de una multitud que había subido a Jerusalén a festejar, las mayorías a cumplir con la rutina religiosa, pero de repente, el viento recio entró en el aposento alto, y ese mismo viento recio cayó como lenguas de fuego sobre ellos. El Espíritu Santo le habló a Jerusalén y a toda la diáspora judía a través del evangelio de Dios.

Cuando la iglesia mostró a la multitud la mesa de Dios, la mesa de las grosuras espirituales, apareció el hambre de la Palabra de Dios, el hambre del oído y del corazón. La multitud vio lo que no tenía y lo que Dios les ofrecía, inmediatamente se conectaron con el mensaje, se conectaron con la invitación y leemos: «Al oír esto, se compungieron de corazón, y dijeron a Pedro y a los otros apóstoles: Varones hermanos, ¿qué haremos? Pedro les dijo: Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo.» (Hechos de los Apóstoles 2.37–38, RVR60)

La iglesia conectó con el hambre de la multitud arrepentida y la invitó al arrepentimiento, a la fe en Cristo y a seguir la doctrina de la Palabra de Dios. Amados, esto se llama «hambre y sed de la Palabra de Dios»

Vemos la primera iglesia de la historia exponer con toda claridad la predicación del evangelio.

«Así que, los que recibieron su palabra fueron bautizados; y se añadieron aquel día como tres mil personas. Y perseveraban en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan y en las oraciones.» (Hechos de los Apóstoles 2.41–42, RVR60)

Notemos la palabra « Y perseveraban en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan y en las oraciones » sin hambre de Palabra de Dios, la fe, el fuego, de estos recién convertidos se habrían esfumado y se habrían apartado de Cristo y de su iglesia.

El evangelio social ha gastado millones de dólares y no ha llevado a muchos a la Cruz del Calvario

El evangelio social ha abierto bancos de alimentos, esto es bueno, pero jamás se puede hacer con la intención de convertir a la persona, sino dentro del marco del amor y servicio al prójimo.

No podemos tener bancos de comida para aprovechar la necesidad del prójimo y así atraerlo a Jesús.

Hay convertidos a la bolsa de comida, serán fieles cada vez que se les abran las puertas de la comida, si se les obliga, vendrán a un culto, pero jamás se allegarán a Cristo como su Salvador.

Hay un hambre en el hombre, que la despierta el Espíritu Santo, la Palabra de Dios, el Reino de los cielos, esa hambre no viene a buscar la bolsa de compra, no hace fila ante la despensa de la iglesia, se mueve a la presencia de Dios.

No sale contento porque podrá comer, sale contento porque se encontró con el poder de Dios.

EL HAMBRE DE DIOS NO SE SACIA EN LA RELIGIOSIDAD

La decepción, la frustración del eunuco que se devolvía de Jerusalén «Un ángel del Señor habló a Felipe, diciendo: Levántate y ve hacia el sur, por el camino que desciende de Jerusalén a Gaza, el cual es desierto» (Hechos de los Apóstoles 8.26, RVR60). Notemos que subía cada año a Jerusalén con hambre y sed de la Palabra pero nunca nadie le ofreció pan para el oído.

Gastó una fortuna por aquel libro de Isaías, a costo actual de unos $10,000, pero nadie le explicaba quién era el que sufría en Isaías 53. Compró un libro que no entendía y por lo mismo, no lo podía satisfacer. Tenía el hambre adecuada, pero no tenía la gente adecuada que conectara su hambre con el pan del evangelio de Cristo.

Usted no puede procesar lo que no entiende, usted no puede resolver una ecuación a menos que alguien que sabe matemáticas tome el tiempo de explicarle.

Hacen falta los Felipes que disciernan el hambre de Dios, que se desprendan del éxito ministerial, que dejen un avivamiento para suplir a la necesidad de un solo hombre

Otro ejemplo, los apóstoles fueron a comprar comida en la ciudad de Sicar en Samaria, pero no discernieron el hambre de los Samaritanos.

En cambio, Jesús estaba discerniendo el hambre de la ciudad (Juan 4.30–34) «Entonces salieron de la ciudad, y vinieron a él. Entre tanto, los discípulos le rogaban, diciendo: Rabí, come. El les dijo: Yo tengo una comida que comer, que vosotros no sabéis. Entonces los discípulos decían unos a otros: ¿Le habrá traído alguien de comer? Jesús les dijo: Mi comida es que haga la voluntad del que me envió, y que acabe su obra.»

Jesús prometió saciar la sed de la samaritana y la ciudad entera vino al pozo de Jacob a comer el pan del cielo y beber el agua que salta para vida eterna

A la puerta del Templo de Jerusalén, un cojo esperaba el pan de la lástima, de la pena, de la buena obra.

(Hechos de los Apóstoles 3.2–10) «Y era traído un hombre cojo de nacimiento, a quien ponían cada día a la puerta del templo que se llama la Hermosa, para que pidiese limosna de los que entraban en el templo.
Este, cuando vio a Pedro y a Juan que iban a entrar en el templo, les rogaba que le diesen limosna.
Pedro, con Juan, fijando en él los ojos, le dijo: Míranos. Entonces él les estuvo atento, esperando recibir de ellos algo.»

Este hombre esperaba un evangelio social y se encontró con el evangelio del poder de Dios, el evangelio del nombre de Jesucristo. Los apóstoles le ofrecieron el evangelio de poder y todo cambió en su vida.

«Más Pedro dijo: No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te doy; en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda.
Y tomándole por la mano derecha le levantó; y al momento se le afirmaron los pies y tobillos;
y saltando, se puso en pie y anduvo; y entró con ellos en el templo, andando, y saltando, y alabando a Dios.
Y todo el pueblo le vio andar y alabar a Dios. Y le reconocían que era el que se sentaba a pedir limosna a la puerta del templo, la Hermosa; y se llenaron de asombro y espanto por lo que le había sucedido.
»

El hambre de Dios salva, transforma, abre las puertas de la comunión con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

Coma pan que le levante, coma pan que le fortalezca, coma pan que desate las ligaduras de los vicios y de satanás, coma pan que rompe el poder del pecado y lo llena de Jesucristo.

Hay multitudes de cristianos sin fuerzas, desalentados, desconsolados, desanimados, desorientados, porque han perdido el hambre de oír la Palabra de Dios, ya no leen la biblia, no oran, no ayunan, viven de la oración de otros. Viven pidiendo que oremos por fortaleza, me parte el corazón oír los creyentes pedir fortaleza, oro por ellos, pero me parte el corazón porque entiendo que no están comiendo el pan de Dios.

(1º Reyes 19.5–8) «Y echándose debajo del enebro, se quedó dormido; y he aquí luego un ángel le tocó, y le dijo: Levántate, come. Entonces él miró, y he aquí a su cabecera una torta cocida sobre las ascuas, y una vasija de agua; y comió y bebió, y volvió a dormirse. Y volviendo el ángel de Jehová la segunda vez, lo tocó, diciendo: Levántate y come, porque largo camino te resta. Se levantó, pues, y comió y bebió; y fortalecido con aquella comida caminó cuarenta días y cuarenta noches hasta Horeb, el monte de Dios.»

¿Qué hace usted bajo el enebro del desaliento? ¿Qué hace usted debajo del enebro esperando que Dios le quite la vida? Levántese, coma el pan de Dios, beba agua de arriba, y póngase a caminar en el nombre de Jesús, Él le fortalece ahora mismo, le levanta ahora, le guía hasta las alturas del monte de Dios.

Notemos los efectos del pan de DIos en Elías: «fortalecido por aquella comida, anduvo cuarenta días hasta que llegó al monte de Dios»

Ahora usted puede pedirle de ese pan al Padre, en el nombre de Jesus el Hijo del Dios Viviente y el Espíritu Santo le llena, le fortalece y le lleva al Cielo.

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